Con el inicio del año, muchas personas —y me incluyo— sentimos la necesidad de pararnos, revisar nuestra vida y marcar nuevos objetivos. Es un momento que invita a mirar hacia delante, a imaginar cambios y a desear una versión mejor de uno mismo. Hasta aquí, todo parece sano y natural.
El problema aparece cuando esa revisión no se hace desde la escucha, sino desde la exigencia.

Para muchas personas, esos objetivos no se convierten en ilusión, sino en presión. Aparece la sensación de no llegar, de ir tarde, de estar fallando en algo que debería estar funcionando. Lo que nace como un impulso de cambio acaba transformándose en un diálogo interno mucho más duro de lo que parece.
La ansiedad no aparece porque falte fuerza de voluntad o compromiso. Aparece cuando las expectativas que nos marcamos no están conectadas con nuestro momento vital ni con los recursos reales con los que contamos hoy. Y cuando eso ocurre, el cuerpo y la emoción empiezan a pedir atención.
La dificultad es que muchas de esas expectativas no nacen de una reflexión profunda, sino de compararnos, de lo que creemos que toca a cierta edad o de modelos externos que asumimos sin cuestionar. Y cuando los objetivos no tienen en cuenta quién somos, dónde estamos y qué necesitamos ahora, la desconexión interna se hace evidente.
Desde CORAOPS, acompañamos con herramientas como el mandala o el Ikigai, donde nos enfocamos en que el sentido no se construye a base de exigencias, sino de coherencia. No se trata solo de hacia dónde queremos ir, sino de si ese camino está alineado con lo que nos da energía, con lo que sabemos hacer y con el momento vital en el que nos encontramos.
Desde ahí, aparece una diferencia importante que no siempre tenemos en cuenta: no es lo mismo motivarnos que exigirnos. La motivación nace del deseo de cuidarnos y avanzar, mientras que la autoexigencia suele apoyarse en el miedo a no ser suficientes, a quedarnos atrás o a decepcionar.
En el contexto de Año Nuevo, esta diferencia se vuelve especialmente visible. Muchas metas se formulan desde el “tengo que” en lugar del “quiero”, desde la prisa por cambiarlo todo en lugar de desde una reflexión serena sobre qué es realmente prioritario ahora.
Quizá por eso, más que añadir nuevos objetivos, a veces lo que necesitamos al empezar el año es revisar nuestras expectativas. Preguntarnos qué es viable ahora, qué necesitamos cuidar y qué cambios pueden ser a la vez asumibles y retadores, en coherencia con nuestra realidad actual.
Empezar el año desde la visión y el sentido no significa renunciar a crecer, sino hacerlo desde un lugar más amable y realista. Cuando los objetivos están alineados con quién somos y con el momento vital que estamos atravesando, dejan de generar ansiedad y se convierten en una fuente de impulso y bienestar.

Artículo de Maite Gómez Checa, CEO Directora del Centro de Excelencia CORAOPS, Coach MCC por ICF
